martes, 17 de noviembre de 2009

Se Lular

17/11/09
13:00 hs

La gris mañana me invita a meditar, a no trabajar y divagar sobre el papel electrónico de un procesador de texto.
La humedad no me da tregua. Los tobillos, las rodillas, la cabeza y otros sectores de mi cuerpo sufren de un dolor molesto.
A pesar de todo esto, y de la pertinente fascinación de mi compañera de trabajo de pasar horas y horas hablando con sus amigas (me parece descubrir en sus palabras estúpidas y carentes de cualquier sentido un oculto deseo de psicoanalizar a las idiotas de sus amigas), las ideas fluyen como las aguas que cubren la Av. Santa Fe un día de sudestada en la ciudad de Buenos Aires.
Los cigarrillos (mi economía, azotada por mi típica inconsistencia a la hora de ahorrar, me ha llevado a los brazos de una marca más accesible a mis bolsillos) aumentan minuto a minuto mis dolores de cabeza.
Pero no quiero irme de tema, aunque me encantaría irme de la oficina a dormir la siesta, el día presenta las cualidades perfectas como para desarrollar esa ciencia tan mal vista en la capital europea de este país latinoamericano.
Hoy pensaba (Aclaración a mis posibles detractores: no aceptó el chiste fácil relacionado con el debut de mi cerebro, exijo en cambio su completa dedicación a cualquier crítica) que muy pocas veces disfrutamos las cosas simples que tenemos delante de nuestras narices (Aclaración: no me refiero exclusivamente a un polvo blanco utilizado por muchos para el disfrute, ni a los aromas de una buena comida).
Las presiones del mundo actual, de los tiempos que corren nos empujan, como si estuviéramos delante de la puerta del vagón de un tren, a descubrir que ya tenemos dentro (Aclaración: cualquier similitud con las palabras del otrora mejor jugador de futbol del mundo dirigidas a un “periodista deportivo” corren por cuenta del lector) todo aquello que tomamos como algo externo, esas cosas que no podemos aceptar que nos causamos a nosotros mismos, en nuestro afán consumista, hedonista, machista, clasista, onanista, menemista y porque no también feminista, por obtener el último modelo de celular.
Si, como lee el lector de estos pensamientos, hoy pensaba como puede ser que nos desesperemos por obtener un celular mejor al que tenemos, un aparato cuya función inicial (comunicarnos con otras personas sin necesidad de estar en nuestra casa) hoy ha sido desvirtuada por un sinfín de opciones (escuchar música, revisar cuentas de banco, mensajes de texto y otras cosas que escapan a mi memoria).
No escapo yo a estos avatares causados por el capitalismo acérrimo promocionado por el imperio. Todo lo contrario, estoy desesperado por cambiar de celular (Aclaración: tengo el conocido síndrome del Caca ve caca quiere, que me lleva a gastar dinero que obviamente debería guardar u ahorrar en celulares que en un abrir y cerrar de ojos quedan obsoletos)…
Bueno amable, querido lector (Aclaración: amable por leer estas líneas, querido porque mi deseo más ferviente es ser querido por más personas que esa vieja bruja llamada Roberto Carlos que cuenta en su Facebook con más de un millón de amigos) debo dejarlos.
Atentamente
Yo.

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